Presentación:

« Las palabras con las que nombramos lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos, lo que percibimos o lo que sentimos son más que simplemente palabras. Y por eso las luchas por las palabras, por el significado y por el control de las palabras, por la imposición de ciertas palabras y por el silenciamiento o la desactivación de otras, son luchas en los que se juega algo más que simplemente palabras..»

Jorge Larrosa

lunes, 30 de diciembre de 2013

La buena vecindad

T
odo empezó aquel 8 de diciembre, por la mañana, lo recuerdo como si fuera hoy. Era día domingo y se vivía en el aire el espíritu festivo de las próximas navidades y el fin de año.

Luego del desayuno en familia, como muchos otros vecinos nos dimos a la tarea de ornamentar nuestra morada con todo le merchandising festivo disponible, a mi como a otros jefes de familia me convoco la instalación de las luces de colores, las del árbol y las de la casa, si bien esta tarea no fue fácil, no entrare en pormenores, ya que le he dedicado anteriormente un relato.
Transpirando orgullo, con mas de 35 grados centígrados, complete la tarea y sonreí al ver mi obra concluida, mas mi alegría se magnificaría al comprobar que mi vecino de enfrente había logrado el mismo éxito con sus flamantes luces de colores, construidas especialmente en algún suburbio chino.
Sentí que el espíritu navideño me invadía plenamente, y creí oír un villancico que envolvía a todos con su alegría norteña. Es más no solo creí oírlo, lo oí, venia de esas maravillosas luces. Cruce con mi vecino una mirada en la que la mutua satisfacción nos obligo a reflejarnos la sonrisa.
Pronto llame a la familia y compartí con ellos aquel escenario, nos abrazamos y dimos gracias por el momento.
Pero que pronto que cambian las cosas, que ruines somos, que duros nuestros corazones, como somos de intolerantes, ya que a la semana de aquel hecho estaba buscando algún misil de corto alcance, enriquecido con uranio para comunicarle a mi vecino que tal música infernal había logrado trepanar mis tímpanos y que su constante chirrido estaba logrando que mi cordura se pierda en un charco inmundo de deseos siniestros para con el, y de yapa para con su impúdica familia.
Luego de mas de quince días de tortura, y ya que ese sonido gutural  no cesaba, masculle en soledad una y otra alternativa, el odio me carcomía las entrañas, pero pronto dispuse de un plan a la altura de las circunstancias, podría catalogarse como arriesgado, pero no importa nada, cualquier sacrificio era mínimo para esta empresa.
Me dirigí presuroso a la casa de artículos eléctricos y compre miles de lámparas, que digo miles, compre todas las lámparas de colores disponibles, y en el preludio del año nuevo, las conecte, haciendo mi jugada maestra, suponía que si lograba un pico de consumo, podría hacer caer toda la línea de baja tensión del vecindario, logrando el inminente cese de hostilidades auditivas. Ya se, mi plan tenia como todos un punto flojo, recibiríamos al nuevo año a la luz de las velas, privados de la refrigeración necesaria para superar la creciente ola de calor que nos mantenía a diario sofocados con mas de 40 grados, pero tal fisura, tal escollo, no podía detenerme para alcanzar el éxito.


Todo estuvo preparado, y minutos antes de las doce mi familia esperaba con sus mejores galas el momento, no de la llegada del cambio de año, no, del momento culmine de mi partitura, del momento ultimo de mi magistral plan, y fue así, como mojado por completo con el sudor, con el pecho lleno de satisfacción, la rente en alto, mire a los ojos a todos  y cada uno, recibiendo en cada caso signos de aprobación, hice la ultima conexión, las luces vacilaron, se oyó un fuerte chasquido y la calle quedo pronto en la mas negra oscuridad en el mas profundo de los silencios, iluminada solamente por las flamantes luces chinas de mi vecino que ese año nuevo nos siguieron deleitando con su esperanzadora música, seguramente mi vecino pertenecía a otra linea de corriente.

Fin.-

lunes, 9 de diciembre de 2013

Macabras intensiones

Como de costumbre su día había empezado con los insultos de rutina que el le dispensaba, seguidos por algún que otro moquete.
Como siempre sus ojos, denotaban el llanto previo, y se enrojecían ahora llenos de ira.
Camino sin rumbo, buscaba a alguien, a quien? No podía decirlo.
Un hombre de mediana estatura estaba esperando el colectivo, distraído en sus asuntos. No la vio venir, no pudo reaccionar, no pudo evitar que ella le vaciara un ojo con esa tijera.

 Lo amaba y lo compadecía, pobre imbécil, no sabia hasta cuando podría conseguirle quien lo remplace.

Indecision

Se paro junto al cordón de la vereda, de pronto cruzar o no la calle se convirtió en una decisión trascendental. No podía explicar por que pero su preocupación contagio a varios.
La gente que iba llegando y tomaba su posición, miraba a ambos lados y se abstenía de avanzar. Pronto la vereda estaba casi completa, el ruido de los comentarios era abrumador.

Las autoridades preocupadas, enviaron un patrullero, estaciono junto al indeciso, bajaron de él varios agentes, lo condujeron al asiento trasero y partieron raudamente. No se podía permitir tal grado de desconfianza, pronto, todos empezaron a cruzar la calle. 
Nunca se supo que fue de aquel hombre.

Desierto

El calor era abrasador, no podía distinguirse mas que arena en el horizonte. Sin agua, llego apenas arrastrándose hacia ese espejismo. 
No le importaba saber que era irreal, era todo lo que tenia.
Saboreo con placer la rugosa textura de arena.

La ventana


En la calle Mendoza había una casa, de extraña forma, en ella solo había una ventana.
Dentro un hombre como yo miraba hacia afuera, y trataba de ver en las pupilas de los transeúntes como era su casa por dentro.

martes, 3 de diciembre de 2013

El código – Capítulo II: Ella

El tiempo de la vida humana no es más que un punto, y su sustancia un flujo, y sus percepciones torpes, y la composición del cuerpo corruptible, y el alma un torbellino, y la fortuna inescrutable, y la fama algo sin sentido. MARCO AURELIO

M
aría Pía era una joven estudiante de periodismo, profesora de historia y una gran lectora de novelas policiales. Hace algunos años alquilaba un pequeño departamento cerca del trabajo donde vivía sola, con visitas de ocasión que pronto despedía, sus padres veían con agrado esta situación aunque preferirían estar ya disfrutando de los nietos.
En el comienzo del día su costumbre era detenerse en el bar que estaba a dos cuadras del colegio nacional, el café de fuerte aroma se entremezclaba con el olor a madera vieja de su antiguo mobiliario, y aunque esto podía ser razón suficiente, seria mentira decir que era la única. La otra razón quizás más poderosa que la primera, se relacionaba con un hombre de anteojos con ese atractivo que pocos despertaron en ella. Se sentaba frente a su mesa, y trataba de parecer ocupada en sus asuntos, aunque el apenas le daba importancia. Solía esperar varios minutos hasta que el terminaba de husmear el periódico del día, pagaba su mesa y salía, no sin antes saludarla llevando sus dedos a la cien.
Luego ella también pagaba su cuenta y salía presurosa a continuar con su vida, por lo común no volvía a pensar en el hasta el otro día.
Esa mañana todo había transcurrido como siempre, esperaba a su partener leyendo la agenda cultural de la semana, se acercaba la noche de los museos, y hace meses preparaba su recorrido. El entro como de costumbre, precedido por ese delicado perfume de su loción para después de afeitar, con su traje oscuro y esa camisa de un inmaculado blanco.
Se lo veía nervioso, la rutina del periódico parecía no satisfacerlo, de repente vio cómo se acercaba a su mesa y empezaba una conversación casual. Trato de no aburrirlo, ni parecer muy habladora, contesto con sonrisas sutiles a las frases galantes que él le dispensaba. El, le pidió su Tablet, necesitaba realizar una búsqueda, temblorosa se la acerco y trato de no inmiscuirse, no quería que la creyera una chismosa.
No pudo refrenar sus instintos y como distraída en la charla, miro el contenido de la pantalla, avisos fúnebres? Qué clase de asunto era ese? Que buscaría allí? Sus miradas se cruzaron por un momento, el devolvió el aparato con cortesía, y escribió unas notas numéricas en una servilleta. Luego saludo, pago la cuenta y salió hacia la calle.
Ella no hizo más que seguir un impulso, no podía dejarlo ir así, quedo turbada por la extraña situación, sin pensar salió tras de él.
Cuando se cerró el pesado portal tras de sí, todo fue oscuridad, pronto una luz tenue fue testigo de un nuevo cruce de sus miradas, esta vez el respiraba entrecortado, parecía asustado, al verla el asombro se dibujó en sus pupilas.
Había poco por decir, poco tiempo para pensar, el sonido de otros pasos se acercaban desde la oscuridad.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

El código - Capitulo I: Él


Que quien busca no deje de buscar hasta que encuentre, y cuando encuentre se turbará, y cuando haya sido turbado se maravillará y
reinará sobre la totalidad y hallará el reposo" Clemente de Alejandría, 190 D.C.

M
auro Rodríguez vivía en una de las casas más antiguas de la ciudad, ubicada en la esquina tradicional de Venezuela y Bolívar, muy cerca de la llamada manzana de las luces, en el centro de la capital Argentina, la había heredado de sus padres, y estos de sus abuelos, pudiendo continuar la línea de ancestros propietarios hasta los primeros habitantes porteños.

Era un hombre de mediana edad, de mirada intrigante, escondida tras unos anteojos de fino armazón de metal. Su nariz respingada denotaba una pertenencia étnica mediterránea. Su ocupación no era conocida, aunque no parecía faltarle el dinero, nunca se le conocido un trabajo rentado.
Mantenía una lejanía tal con sus vecinos que podía representarse con un equilibrio perfecto, no era ni demasiado afable como para tener que intercambiar más de las palabras de rigor, ni demasiado introvertido como para despertar comentarios.
La muerte de sus padres, le dejo otra dote que la antigua construcción, una más pesada e intrigante. Debía ser el guardián de un antiguo portal, ubicado en el sótano de la vieja casa. No sabía a donde conducía, ni porque estaba allí. Solo sabía que para abrirlo se necesitaba una combinación, un código, que se le revelaría cuando cada uno de los antiguos guardianes desapareciera.
Cada mañana se sentaba en el bar frente a su casa, y con el pretexto de cumplir con el rito del desayuno, se daba a la tarea de revisar los avisos fúnebres locales. Esta encomienda había sido cumplida por su padre, y por muchos otros descendientes miembros de una antigua sociedad europea cuyo origen remontaba al origen de la era cristiana y que había migrado a estos territorios en el siglo XVII con algunos integrantes de la orden Jesuítica a la que se le cedían terrenos en la naciente Buenos Aires.
Esta sociedad no se dedicaba al comercio, ni a las artes, ni a la investigación, su único objetivo era proteger un secreto.

La pesquisa hacía muchos años que no daba resultados ya que el proverbio clave debía aparecer junto al obituario del senescal fallecido,  no aparecía en las páginas que día a día revisaba. Su frustración iba en aumento con las temporadas.
Por las tardes  descendía las viejas  e interminables escaleras de la casa hasta el sótano, donde un oscuro ambiente apenas iluminado por la combustión del cebo de una vela guardaba una ornamentada puerta pesada de metal, cuyo centro tenía un gran dial de combinaciones numéricas con forma de sol.
Una vez allí, limpiaba con un viejo paño cada recoveco, desalojando cada mota de polvo, mascullando amargamente sobre el secreto que guardaba tan impenetrable barrera, frustrado, quizás hasta avergonzado.
Como siempre, cuando las cosas parecen eternizarse en su estado, es un solo pequeño incidente, a veces una mirada, lo que desencadena el cambio. Esa mañana, cuando el tiempo parecía detenido, de pronto se activó y  la solución a su estancamiento vino de la mano del diario de siempre, pero no de las paginas habitualmente indagadas, sino de un anuncio en doble página central que decía “Si no lo encontras en nuestro buscador, no existe”, aviso que hacía referencia a un nuevo motor de búsquedas por internet.

Levanto la mirada y observo junto a su mesa una joven morena sentada frente a una tablet, tan concentrada en la lectura que parecía no dar cuenta de nada de lo que acontecía a su alrededor.
Sonrió levemente, reconociendo la simpleza de lo evidente, las cosas habían cambiado desde que su padre lo había dejado, los medios de papel ya no eran los únicos, existían hoy muchos y muy variados  que podían darle el anuncio esperado.
Pidió permiso a aquella dama para compartir su mesa, y luego de una breve charla, en la que conquisto varias veces el brillo de sus ojos, le solicito la gentileza de dejarlo utilizar su equipo unos minutos.
Ingreso la clave presuroso, tratando de ocultarla a la vista de otros, “Lo que buscáis ya ha llegado, pero no lo conocéis.”,  y más de diez resultados coincidieron con su búsqueda, de los cuales 5 eran avisos mortuorios. No daba cuenta de lo que veía, pronto en una servilleta escribió cada una de las fechas de nacimiento de los occisos, no reparando ni siquiera en la presencia de la joven. Recupero por un instante su gentileza y la saludo, pago la cuenta, y cruzo la calle casi sin mirar, ni siquiera las ruidosas bocinas de los autos lograron llamarle la atención.
Bajo presuroso las escaleras, llevaba en una de sus manos la servilleta y en la otra el candelabro cuya cera caliente le quemaba los dedos.

Recorrió cada peldaño, trastabillo hasta que logro llegar frente al dial, le faltaba el aliento, su pulso daba cuenta de la inmensa excitación de su corazón parecía querer salírsele del pecho.
Una a una introdujo las fechas, haciendo girar el inmenso sol, los rayos con números se iban encastrando uno a uno,  hasta que por fin, se oyó un chirrido de engranajes que se movían, una nube de polvo se adueñó del ambiente apagando la llama que dejo de entregar su pálida luz.
Del otro lado del portal, un pasillo largo y oscuro apenas iluminado por una especie de fluorescencia yacía ante sus pies.
Dio los primeros pasos cautelosos, pronto camino con paso más vivo, sin mirar atrás.
De pronto un fuerte ruido lo inmovilizó, la puerta se había cerrado bruscamente, el leve sonido de pasos acercándose  lo confirmo, era inminente alguien había venido con él, su descuido y la emoción lo habían traicionado, no estaba solo…